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Fuerte

La follada más intensa de mi vida

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FantasiaRoja

22 de octubre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un martes a las once de la noche mi piso de soltera, con sus muebles de segunda mano y el ruido del tráfico de la Gran Vía colándose por la ventana, se convertiría en el escenario de la follada más intensa de mi vida. Tengo veintiocho años, trabajo en una editorial y vivo sola desde hace cinco. Esa noche, después de tres copas de vino y una conversación que empezó hablando de literatura y terminó con su mano en mi muslo, supe que iba a acostarme con Mara.

Mara tiene treinta y un años, es fotógrafa y tiene una melena negra que le cae en ondas sobre los hombros. La conocí en una exposición hacía un mes. Es alta, con una espalda ancha y unas manos grandes que me volvían loca. Es una mujer trans, y su cuerpo es el resultado de años de hormonas, ejercicio y una seguridad en sí misma que me desarmaba. Esa noche llevaba una camisa blanca semitransparente, sin sujetador, y unos vaqueros negros ajustados. Sus pechos, pequeños y firmes, se marcaban bajo la tela. Yo no podía dejar de mirarlos.

—¿En qué piensas? —me preguntó, con una sonrisa torcida, mientras su pulgar dibujaba círculos en mi rodilla.

—En que quiero que me beses —respondí, sin rodeos.

Se inclinó hacia mí en el sofá. Su boca olía a vino tinto y a algo más profundo, como a tabaco frío y deseo. Me besó despacio al principio, mordisqueando mi labio inferior, y luego con más hambre. Su lengua entró en mi boca y yo gemí. Mis pezones se endurecieron bajo el vestido de punto. Llevaba todo el día imaginando ese momento, tocándome en la ducha pensando en cómo sería tenerla encima, y ahora la tenía.

—Quiero verte desnuda —dijo, separándose apenas, con la voz ronca—. Pero sin prisa. Quiero saborearte.

Me puse de pie. Ella se quedó sentada, con las piernas abiertas, observándome. Me quité el vestido por la cabeza. No llevaba sujetador. Mis pechos, redondos y pesados, quedaron al aire. Mara se humedeció los labios. Luego me bajé las bragas, despacio, dejando que el algodón resbalara por mis caderas. Estaba empapada. Podía sentir el frío del aire en mi coño húmedo.

—Eres preciosa —murmuró—. Ven aquí.

Me senté a horcajadas sobre sus muslos. Su polla, dura bajo el vaquero, presionaba contra mi monte de Venus. La sentía gruesa, caliente incluso a través de la tela. Me froté contra ella, buscando alivio, y ella me agarró las caderas con fuerza.

—Así, putita —dijo, y el insulto cariñoso me hizo gemir—. Mójame los vaqueros. Me encanta que estés tan cachonda.

—Es que llevo toda la semana pensando en tu polla —confesé, con la respiración entrecortada—. En cómo me la meterías.

—Pues deja de imaginarlo y sácala.

Le desabroché el botón y bajé la cremallera. No llevaba calzoncillos. Su polla saltó libre, gruesa y venosa, con la punta brillante de líquido preseminal. La agarré con la mano derecha. Estaba ardiendo. La masturbé despacio, pasando el pulgar por el glande, repartiendo su humedad. Mara echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave.

—Me encanta tu polla —dije, inclinándome para escupirle en la punta y extender la saliva—. Es perfecta.

—Chúpamela —ordenó, con la voz tensa—. Quiero sentir tu boca.

Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas. La camisa abierta dejaba ver su torso: sus pechos pequeños con pezones oscuros y erectos, su vientre ligeramente marcado, el vello fino que descendía hasta la base de su sexo. Agarré su polla con las dos manos y la lamí de abajo arriba, despacio, saboreando su sabor salado. Luego metí el glande en mi boca. Estaba tan caliente que pensé que me quemaría. La chupé con ganas, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando la lengua en la parte inferior. Mara me agarró del pelo, no con violencia, pero sí con firmeza, marcando el ritmo.

—Así, joder, así —jadeó—. Me encanta cómo me la chupas. Eres una zorra maravillosa.

La miré desde abajo, con su polla enterrada en mi boca, y vi sus ojos oscuros clavados en mí. Eso me puso aún más cachonda. Metí una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris. Estaba tan mojada que mis dedos resbalaban. Mara se dio cuenta y sonrió.

—¿Te estás tocando mientras me la chupas? —preguntó—. Qué guarra. Me encanta.

Asentí con la cabeza, sin soltarla. La chupé más profundo, relajando la garganta, hasta que noté el glande en la entrada. Las lágrimas me asomaron a los ojos, pero no me detuve. Quería que se corriera en mi boca. Quería tragármelo todo. Pero Mara me apartó con suavidad, agarrándome la barbilla.

—Todavía no —dijo—. Quiero follarte primero. Quiero sentir tu coño apretándome.

Me levantó y me tumbó en el sofá. Se quitó la camisa y los vaqueros, quedando desnuda frente a mí. Su cuerpo era una mezcla fascinante: hombros anchos, cintura estrecha, caderas suaves, pechos firmes y esa polla enorme que apuntaba hacia mí. Se arrodilló entre mis piernas y me abrió los muslos con las manos.

—Mírate —dijo, pasando dos dedos por mi raja—. Estás chorreando. ¿Es todo por mí?

—Sí —sollocé—. Todo por ti. Métemela ya, por favor.

—¿Estás segura? —preguntó, y su tono cambió, volviéndose serio—. Quiero que me digas que sí, que me deseas.

—Te deseo —dije, mirándola a los ojos—. Te deseo más de lo que he deseado a nadie. Fóllame, Mara. Hazme tuya.

Ella asintió y se inclinó para besarme. Mientras su lengua jugaba con la mía, sentí la punta de su polla presionando mi entrada. Empujó despacio, solo el glande al principio. Jadeé contra su boca. Estaba muy estrecha, y su polla era gruesa, pero mi coño la recibió con avidez. Entró centímetro a centímetro, llenándome por completo. Cuando estuvo entera dentro, nos quedamos quietas un momento, respirando la una contra la otra.

—Joder, qué apretada estás —murmuró—. Me vas a hacer correrme enseguida.

—Muévete —le pedí—. Fóllame fuerte.

Empezó a embestirme con un ritmo lento pero profundo. Cada embestida me arrancaba un gemido. Su polla rozaba mi punto G en cada vaivén. Agarré sus nalgas con las manos, clavándole las uñas, empujándola hacia mí. Ella gruñó y aceleró. El sonido de nuestros cuerpos chocando, húmedo y obsceno, llenaba el salón. Mis pechos botaban con cada embestida. Mara se incorporó un poco, agarrándome las piernas y colocándomelas sobre sus hombros. El ángulo cambió y su polla entró aún más profundo.

—¡Ahí! —grité—. ¡No pares, por favor, no pares!

—¿Te gusta así? —preguntó, con la voz rota por el esfuerzo—. ¿Te gusta que te folle tan hondo?

—Me encanta. Me encanta tu polla dentro de mí. Me encanta cómo me follas.

Mara me agarró las muñecas y me las sujetó contra el sofá, sobre mi cabeza. Me sentí completamente a su merced, y eso me excitó todavía más. Su cadera golpeaba contra mi clítoris en cada embestida. Sentía el orgasmo acercándose, un calor que subía desde los dedos de los pies hasta el vientre.

—Voy a correrme —avisé, con la voz entrecortada—. Voy a correrme, Mara, no pares.

—Córrete para mí —dijo ella, sin dejar de embestir—. Quiero sentir cómo te corres en mi polla.

El orgasmo me estalló dentro. Grité su nombre, arqueando la espalda, apretando su polla con las paredes de mi coño. Las convulsiones me sacudieron una y otra vez. Mara siguió follándome durante el orgasmo, alargándolo, hasta que me quedé sin voz, temblando.

—Ahora quiero que me folles tú —dijo, retirándose de golpe. Su polla salió de mí con un sonido húmedo, brillante de mis fluidos—. Quiero cabalgarte.

Me incorporé, todavía temblorosa. Mara se tumbó en el sofá, con las piernas abiertas. Su polla, empapada de mi coño, apuntaba hacia el techo. Me coloqué a horcajadas sobre ella. Agarré su polla y la guié hasta mi entrada. Me senté despacio, sintiendo cómo me llenaba de nuevo. Esta postura me permitía controlar el ritmo y la profundidad. Empecé a moverme arriba y abajo, despacio al principio, saboreando cada centímetro. Mara me miraba con los ojos brillantes, las manos en mis caderas.

—Eres tan guapa montándome —dijo—. Me encanta ver tus pechos botar.

Me incliné hacia delante para que pudiera chupármelos. Su boca se cerró sobre mi pezón izquierdo, succionando con fuerza. Gemí. Luego pasó al derecho, mordisqueándolo. Yo seguía moviéndome, cada vez más rápido. El sudor nos cubría a ambas. El sofá crujía bajo nosotras.

—Quiero que te corras dentro de mí —le dije al oído—. Quiero sentir tu leche caliente en mi coño.

—¿Sí? —jadeó—. ¿Quieres que te llene?

—Sí, por favor. Córrete dentro. Quiero que me dejes empapada.

Mara me agarró las nalgas con fuerza y empezó a empujar desde abajo, follándome con desesperación. Sus embestidas eran rápidas y profundas. Yo me agarré a sus hombros, dejando que me usara. Sentía su polla hincharse dentro de mí, cada vez más dura.

—Voy a correrme —avisó, con la mandíbula tensa—. Voy a llenarte, joder.

—Hazlo —le supliqué—. Córrete dentro de mí.

Mara soltó un gemido ronco y enterró su polla hasta el fondo. Sentí su orgasmo: las pulsaciones de su polla, el calor de su semen llenándome. Se corrió durante lo que pareció una eternidad, con sacudidas profundas. Yo me quedé quieta, apretándola, sintiendo cada espasmo. Cuando terminó, nos quedamos abrazadas, jadeando, su polla todavía dentro de mí, su semen mezclándose con mis fluidos y resbalando por mis muslos.

—Ha sido increíble —murmuró, besándome el cuello.

—Lo mejor que he tenido en años —respondí, todavía sin aliento.

Nos quedamos así un rato, enredadas, hasta que su polla se ablandó y salió de mí. Sentí su semen caliente escurriéndose de mi coño, manchando el sofá. No me importó. Me tumbé sobre su pecho, escuchando su corazón latir con fuerza. Sabía que aquella noche no terminaría ahí. Aún nos quedaban horas por delante, y mi cuerpo, lejos de estar saciado, ya empezaba a pedir más.

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