La tormenta que empezó en tus muslos
EscritoraSexy
23 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
La lluvia repicaba contra los ventanales del piso de Lucía, un ático austero en el centro que olía a café recién hecho y a la cera de las velas que había encendido sin pensar. Tenía treinta y cuatro años, un trabajo absorbente en una editorial y una vida social que se reducía a dos amigas y un ex amante al que prefería no llamar. Aquella noche, sin embargo, no estaba sola. Frente a ella, sentado en el brazo del sofá con una copa de vino tinto entre los dedos, estaba Andrés, cuarenta y un años, arquitecto, divorciado, con esa calma de quien ha aprendido a no precipitarse. Llevaban dos horas hablando de libros, de viajes, de la extraña costumbre de desear a alguien sin atreverse a decirlo. Y la tensión, densa como el aire antes de una tormenta, ya no cabía en la habitación.
—No sé por qué me pongo nerviosa —dijo Lucía, dejando la taza sobre la mesa baja. Se alisó la falda de punto color vino, una prenda que le marcaba las caderas sin estridencias—. Hace años que no invito a nadie a casa.
Andrés sonrió, una sonrisa lenta que le arrugaba las comisuras de los ojos. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Olía a madera y a algo cítrico, y Lucía sintió un calor repentino en el vientre.
—Pues yo llevo meses imaginando cómo sería estar aquí contigo —dijo él, con la voz más grave de lo normal—. Y no me refiero al sofá.
Ella arqueó una ceja, intentando conservar la compostura, pero el pulso le galopaba en el cuello. Andrés lo notó. Alargó una mano y le rozó la rodilla con la yema de los dedos, apenas un contacto, y Lucía dejó escapar un suspiro que no supo contener. La falda se había subido un par de centímetros al sentarse, y la piel desnuda de sus muslos parecía buscar el calor de aquella mano.
—¿Y qué has imaginado exactamente? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Que te levantas, te acercas y me besas como si no hubiera un mañana. Y que yo te agarro de la cintura y te siento temblar.
Lucía se levantó. No lo pensó. Cruzó el espacio que los separaba, sintiendo la moqueta bajo los pies descalzos, y se detuvo entre las piernas abiertas de Andrés. Él alzó la cara, expectante, con la copa olvidada en la mesa. Ella le tomó el rostro con ambas manos, le acarició la barba incipiente con los pulgares y se inclinó despacio, muy despacio, hasta rozarle los labios. Fue un beso suave, húmedo, que se abrió con una lentitud deliberada. Andrés le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo hacia sí, pegándola a su torso. Lucía notó la dureza de su pecho contra el suyo, el calor que desprendía, y gimió dentro de su boca.
—Así —murmuró él, separándose apenas—. Exactamente así.
Ella se sentó a horcajadas sobre sus muslos, sin dejar de besarle. La falda se le arremolinó en las caderas, dejando al descubierto los muslos firmes y el encaje oscuro de las bragas. Andrés deslizó las manos por debajo de la tela, subiendo por la parte exterior de los muslos, arañando suavemente con las uñas. Lucía se estremeció y echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole el cuello. Él aceptó la invitación: besó la línea de su mandíbula, mordisqueó el lóbulo de la oreja, descendió por el cuello hasta el nacimiento del escote. Con una mano le desabrochó el primer botón de la blusa, luego el segundo, y apartó la tela para besar el valle entre sus pechos.
—Hueles a jazmín —dijo él, con la boca pegada a su piel—. Llevo toda la noche queriendo morderte aquí.
—Pues hazlo —respondió ella, arqueando la espalda.
Andrés la tumbó sobre el sofá con un movimiento firme pero cuidadoso. Se colocó encima, sosteniendo su peso con los antebrazos, y la miró desde arriba. Lucía tenía el pelo castaño desparramado sobre el cojín, los labios hinchados, las mejillas encendidas. La blusa entreabierta dejaba ver el encaje del sujetador, de un tono champán que contrastaba con su piel. Andrés bajó la cabeza y besó el borde del encaje, luego el pezón a través de la tela, y Lucía arqueó la cadera contra él, buscando fricción. Él sonrió contra su piel.
—Despacio —susurró—. Quiero saborearlo.
Le desabrochó la blusa por completo y se la quitó, dejándola en el suelo. Luego le bajó los tirantes del sujetador y lo desabrochó con una destreza que arrancó una risa nerviosa a Lucía. Sus pechos quedaron al descubierto, redondos, con los pezones oscuros y erectos por el deseo. Andrés los tomó con ambas manos, sopesándolos, acariciándolos con una veneración que hizo que Lucía cerrara los ojos. Después bajó la boca y lamió un pezón, despacio, dibujando círculos con la lengua, mientras con la otra mano pellizcaba suavemente el otro. Lucía gimió, enredó los dedos en su pelo y apretó los muslos alrededor de su cadera.
—Andrés… —jadeó—. Necesito sentirte.
Él se incorporó lo justo para quitarse la camisa. Lucía contempló su torso: ancho, con vello oscuro en el pecho que descendía en una línea fina hasta el vientre. Le acarició los hombros, los brazos, las cicatrices pequeñas que contaban historias de obras y de sol. Andrés le cogió la mano y se la llevó a la boca, besándole la palma. Luego se desabrochó el cinturón con calma, sin apartar los ojos de ella, y Lucía sintió un latido profundo entre las piernas.
—Quiero que me desnudes —dijo él, con la voz ronca.
Lucía se incorporó, se arrodilló frente a él en el sofá y le bajó la cremallera del pantalón. Metió la mano dentro, por encima del bóxer, y notó su erección, dura y caliente contra la palma. Andrés cerró los ojos y soltó un gemido contenido. Ella le bajó el pantalón y el bóxer a la vez, liberándolo, y lo tomó con suavidad, acariciándolo de arriba abajo con una lentitud que hizo temblar los muslos de él. Andrés le apartó el pelo de la cara y la miró con una intensidad que la desarmó.
—Eres preciosa —dijo—. No sabes cuánto te he deseado.
Lucía se inclinó y lo besó en el vientre, justo debajo del ombligo, y luego descendió. Lo tomó con los labios, despacio, saboreando la sal de su piel, y Andrés gimió, echando la cabeza hacia atrás. Ella movió la boca con un ritmo pausado, alternando la lengua y la succión, mientras con una mano le acariciaba los testículos. Andrés le puso una mano en la nuca, sin presionar, solo acompañando el movimiento, y murmuró su nombre como una plegaria.
—Para —dijo al fin, con la respiración entrecortada—. Para o no voy a poder esperar.
Lucía se apartó, con los labios brillantes y una sonrisa traviesa. Andrés la tumbó de nuevo y le quitó la falda, deslizándola por las piernas con una lentitud que la hizo retorcerse. Luego le bajó las bragas, empapadas, y las lanzó al suelo. Se colocó entre sus piernas, abriéndolas con suavidad, y la contempló un instante: el vello oscuro y húmedo, los pliegues hinchados, el olor intenso de su excitación. Bajó la cabeza y la besó allí, con la boca abierta, lamiendo despacio. Lucía arqueó la espalda y soltó un gemido agudo, aferrándose a los cojines. Andrés la sujetó por las caderas y la saboreó con dedicación, alternando lamidas amplias con círculos precisos sobre el clítoris, hasta que ella empezó a temblar.
—No pares —suplicó—. Por favor, no pares.
Él introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con un ritmo constante mientras su boca seguía trabajando. Lucía sintió que el placer se acumulaba en su vientre, una ola caliente que subía y subía, y cuando Andrés curvó los dedos hacia arriba, se rompió. Gritó su nombre, con las caderas descontroladas, y él la sostuvo, bebiéndose cada espasmo, hasta que ella quedó laxa y jadeante sobre el sofá.
—Ven aquí —dijo Lucía, tirando de él.
Andrés se tumbó a su lado, y ella se giró, dándole la espalda, pegando las nalgas a su erección. Él entendió. Le levantó la pierna y se colocó a su espalda, rozando la entrada con el glande, empapado de su humedad. Lucía gimió, empujando las caderas hacia atrás, buscándolo. Andrés la penetró despacio, centímetro a centímetro, y ambos soltaron un gemido al unísono. La sensación de llenarse de él, de sentirlo tan profundo, hizo que Lucía cerrara los ojos y se aferrara al brazo que Andrés le pasó por la cintura.
—Muévete —pidió ella—. Despacio, pero muévete.
Andrés obedeció. Empezó con un vaivén lento, profundo, retirándose casi por completo para volver a hundirse. Su aliento caliente le rozaba la nuca, y su mano libre le acariciaba el pecho, pellizcándole el pezón. Lucía sentía cada embestida en el vientre, en la espalda, en la punta de los dedos. El sofá crujía bajo ellos, y la lluvia seguía golpeando los cristales, ajena a todo.
—Más fuerte —rogó ella, con la voz rota—. Quiero sentirte mañana.
Andrés aceleró el ritmo, sujetándola por la cadera con firmeza. Sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. Lucía se giró ligeramente para buscar su boca, y se besaron con torpeza, con hambre, mientras él seguía embistiéndola. Ella notó que el placer volvía a crecer, distinto, más profundo, y se tocó el clítoris con los dedos, dibujando círculos rápidos. Andrés gimió al sentirla contraerse a su alrededor.
—Estás tan estrecha —murmuró contra su boca—. No voy a aguantar mucho.
—Dentro —dijo ella—. Quiero que te corras dentro.
Eso fue suficiente. Andrés se tensó, clavó los dedos en su cadera y se derramó con un gemido ronco, enterrándose hasta el fondo. Lucía sintió el calor de su orgasmo y se dejó arrastrar por el suyo, un espasmo largo y silencioso que le nubló la vista. Quedaron así, enlazados, respirando con dificultad, mientras el sudor se enfriaba sobre sus cuerpos.
Andrés se retiró con cuidado y la giró para abrazarla de frente. Le apartó el pelo húmedo de la frente y le besó la sien, la mejilla, los labios. Lucía se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido de su corazón, todavía acelerado.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con una sonrisa perezosa.
—Ahora me quedo —dijo Andrés, acariciándole la espalda—. Y si quieres, mañana te preparo el desayuno.
Lucía rió, una risa suave y satisfecha, y alzó la cara para besarlo de nuevo. Fuera, la lluvia amainaba. Dentro, la fantasía se había convertido en algo mucho mejor: una promesa tibia entre las sábanas revueltas.